viernes 12 de octubre de 2007

LA HIJA DEL BOSQUE ( Un cuento ecológico)

Esta es una historia de sencillez y de nostalgia, de una época en la que aún sucedían cosas mágicas. Una no muy lejana a ésta. Una parecida, en la que los vagabundos eran tenidos por dementes.

En aquellas fechas, Odulia se vestía con prendas rescatadas de la basura. Desprendía un olor a romero profundo y a basurero. No tenía casa y el poco pan que conseguía era esparcido desde su mano hasta los picos de los pájaros. La loca decían, pero nunca de frente. Por loca la tenían y como loca vivía; rematada. Existía rematadamente unida al monte, tanto que el monte habitaba en ella, mas que ella en el monte “¿ De dónde venía esa mujer?”: Comentaba cualquiera que la viese. Se decía por las aldeas que no le quedaba familia.
Odulia, que no tenía riqueza, que sí tenía un vestido negro y roído, que no sabía de cultura, pero sí de libertad y de silencio, estaba en un pueblo sin nombre entre gente sin nombre. Este villorrio sin apelativo yacía junto a una hermosa montaña sin apodo, que era verde como la maleza verde y hermosa como la sabiduría.
Todo comenzó, o tal vez se hubiera iniciado antes, una tarde de primavera. Después de que los niños jugasen por las espesuras agrestes, las zarzas lloraban lágrimas de savia amarga. Sí, en esa época mágica las zarzas hablaban como habla el mar con los delfines, bastaba saber escuchar. Nadie oía sus llantos, porque todos estaban demasiado cuerdos, incluso en esa era mística prevalecía como hoy la cordura, pero la loca de Odulia, se sintió enseguida inquieta. Corrió hasta sus espinosos cuerpos en rama y les preguntó por su tristeza. Ellos bajito gemían: “Nos duele que nos pisen sin motivo, solo porque tenemos pinchos. Es imposible crecer con calma”. La mujer bajó las manos, acarició hasta hacerse sangre aquellos tallos tristes, los abrazó contra el pecho y les cantó despacito una trova de murmullos. Un cántico que hablaba de una madre buena a la que llamaban loca. Después paso varias noches acompañando su agonía hasta que las zarzas finalmente se alegraron.
Venían y se volvían los días pian pianito, como las nubes en el cielo acompañan rodando la noria del mundo. El río sin nombre del pueblo sin nombre, era feliz de arrastrar su agua, hasta que una mañana apareció ponzoñoso, espumante y oscurecido. Alguien muy inteligente lo había usado de felpudo para las basuras y los deshechos. Los peces se morían y los que aguantaban chillaban como almas dolientes. Nadie oía sus quejas, porque todos estaban juiciosos. Solo la loca, la loca Odulia, hizo coronas de flores que pidió a las plantas y las arrojó a la corriente, bajó la mano tibia acariciando la piel mojada del río, se quitó su vestido roído, se desnudó y se metió en el fluido sucio. Besó las carpas que estaban panza arriba, abrazó contra su pecho carnal la frialdad triste y despacito, como cuando la paciencia canta una nana, consoló las aguas revueltas. Les cantó una canción que hablaba de una madre buena a la que llamaban loca y estuvo varios días en su orilla, hasta que el riacho se acostumbró a tener una carga diaria de turbia lógica humana.
Volvieron a pasar los días; tras que te tras, como pasan las notas de un violín, una tras otra. Todo parecía tranquilo para la masa sin nombre de la aldea sin gracia. Nadie oía a la loba sin nombre que desde su lobera innominada gritaba de luto. Yo no digo que no la oyeran por exceso de certeza, pero creo que fue por su exuberancia de razón. Solo la loca Odulia, se acercó a la paridera de la loba. El animal sollozaba, porque los humanos le había matado a su esposo y a sus lobines. Como madre sola, en una guarida sola, conjuraba como posesa contra la raza de usurpadores. Al ver llegar a la mujer, se encendió a chillidos y lanzó hirientes mordiscos, mientras gruñía su desgracia. La locona aguantó con lágrimas la envestida; bajó su mano a la cabeza de la loba, la abrazó contra su pecho, como abraza una bandera un viento dulce, la acarició con embeleso, cantó con murmullos una canción que hablaba de una madre buena a la que llamaban loca y estuvo así varios días, cuidándola tanto, que en verdad parecía que fuese una madre.
Como la trastornada andaba siempre a la intemperie del bosque, solicita a los animales y a las plantas, estos le preguntaban “¿Por qué eres tan buena?” Ella les decía “No es que sea buena, es que como nunca he tenido hijos, por eso os quiero, porque sois mis hijos. De mí dependéis si os torcéis la pata, si os falta riego, si os dispara el cazador o si os envenenan la comida.”
Dulia, como la llamaban, dormía en un chamizo de mimbres y todas las noches le pedía a Dios un niño que cuidar. Quería un descendiente que velase por su bosque sin nombre, para que los hombres sin nombre del pueblo sin nombre, no lo destrozasen. Aunque Dios siempre se lo había negado, ella sin embargo no dejaba de pedirlo, tal vez porque los enajenados también sueñan y también tienen alma.
Sucedió la tarde horrible de un mes cualquiera, en la que una mujer, con un recién nacido entre los brazos, se acercaba a un zarzal indistinto. Estrujó el cuellecito recién esbozado con sus manos renegadas y lo depositó contra el suelo. Acabada su proeza poderosa, se volvió al pueblo sin nombre de la gente sin nombre. Apenas se hubo ido, una bendición quiso que las zarzas gritaran, que el viento aullase y que los pájaros hicieran de carteros. Mensajeros para la chiflada, que mas loca que nunca, bajó por las peñas hasta donde estaba la niña de sus sueños. Permanecía muerta, como su perversa madre había querido, pero tenía la carina tan dulzona, que Dulia bajo la mano para acariciarla, la junto a su pecho, la meció suavecito y cantó un canto de vida nueva por desgracia. Un canto que hablaba de una madre buena a la que llamaban loca. Recuerdo que aún era de día, pues se veía con gran claridad y azul estaba el eter eterno, cuando, en aquel momento, todo se oscureció y una gran estrella fugaz cruzó el horizonte. A lo mejor fueron delirios de cencerra enloquecida, la cuestión es que aquel destello figurado o cierto, duró 10 largos segundos. Transcurridos los cuales se oyó un llanto de niña entre los robles, como gemido de resurrección que parecía venir del paraíso.
No afirmo nada, ni desmiento nada, pero los locos según dicen también saben cuidar de los bebés. Además todo era mas fácil, porque Duli no estaba sola. Se acercó a la lobera con la chiquitina en brazos. En la guarida sola seguía la loba sola, que al ver a la criaturita sintió de nuevo la riqueza blanca de sus mamas. La enajenada bajo la niña que llevaba cogida y le arrimó la boquina de nardo a la tetina. Una vez que la pequeña hubo saciado su apetito tremendo, la mujer besó la frente peluda de la amamantadora y murmuró “Ahora somos su madre” abrazó la niña contra su regazo y se la llevo al río.
- Río- dijo.
- Dime, alma mía ¿Qué haces con un bebé?- chispeó el agua.
- Es nuestra nena. La que nos cuidará cuando seamos viejos. Bueno, si ella quiere. Alguien la abandonó para que nosotros la enseñemos y hagamos de ella una mujer.
- ¿También puede ser mi hija?- Sonrió el riacho-¡ Anda Duli! Déjame ser su padrino.
- Es de todos y de naide. Tu serás su padre, yo su madre y todos los demás lo serán también. Asinque, de nosotros depende hoy para que mañana nosotros dependamos de ella. Eso debe ser. La comida se la da la loba que perdió los lobitos, la loba madre. Yo le doy calor, la Duli madre y tu deberías darle de beber, río padre, aunque como te han puesto sucio ¿Podrás?.
- ¡Eso no es problema! - exclamó un remolino- Que yo tengo un afluente paterno. Vete al remansito que está antes de llegar a mi cascada. Allí limpiaré mis aguas y exprimiré mi pureza para que todos los días sacie su sed. Coge una hoja madrina, que aunque no es un biberón, le ofrecerá un sorbo limpio y fresquito.
La madraza acudió presto y le dio de la frescura transparente. Una vez que la chiquilla hubo bebido, tuvo la pobrecina un gran cansancio y empezó a poner pucherines de sueño profundo. La mujer se la llevó a su favela de ramas, le hizo una cunita de paja mullida y seca, y los pájaros, y las zarzas, y el bosque entero, empezaron entonces a chistar a Dulia. La llamaban porque querían ver a su hija, puesto que era la hija de todos. Odulia la asomaba por la entrada de su hogar y entonces se hacía un gran silencio. “Nuestra niña”- pensaban las flores. “Nuestra gloria” suspiraban las escobas. “¡Sí! ¡Sí!” cantaban el cuco y la abubilla. “Viva, viva” aplaudían todos”. “¿Qué nombre la pondremos?” Se preguntaban unos a otros, hasta que una hormiguilla que además de trabajadora era medio filosofa propuso: “ Azara, se tiene que llamar Azara”; se formó una algarabía de conformidad y todos patalearon de común acuerdo. Dulía asintió con la cabeza y le murmuró a la pequeñina “A dormir que ya es hora, Azara”. Seguidamente la totalidad acallaba la conversación y despacito, muy despacito, el viento trémolo tocaba una gran sinfonía con las hierbas, con las flores, las hojas, las ramas, los pájaros, los juncos, la loba, los ratoncitos y todos los anímales y plantas. Tendréis que saber que la pequeña se dormía, porque intuía que tenía en vilo a todo el bosque sin nombre del pueblo sin nombre y porque aquella desconocida melodía para los cuerdos, era adormecedora y mimosa para los locos.
La malvada asesina que había bajado al pueblo, se escondió en su mala casa, al tiempo que la gente sin nombre del pueblacho sin gracia, comentaba por las calles, bajo las ventanas crueles, que Odulia llevaba una nena en brazos. Vinieron a visitar a la mujer infanticida y le preguntaron “ ¿No estabas tú embarazada?” Ella, que aunque brutal no era tonta, tuvo miedo de que la policía se enterase de su crimen y sabiendo, que se comentaba, que la loca andaba por el monte con una niña, fingió grandes tribulaciones y lloros. Después murmuró entre hipidos “Mi niña la tienen secuestrada. Me la quitó la Odulia”.
La cuerda gente del cuerdo pueblo se fue a la chiflada montaña, donde estaba la tarada. Iban con palos, hachas y pistolas. Avanzaron con el cura, el Alcalde, la guardia civil y todas las autoridades precediendo la marcha, como se hacían las mayores atrocidades en aquella época.
Cuando la muchedumbre se disponía a cruzar el río. Oyeron:
- ¿A dónde vais gente sin nombre de pueblo sin nombre?- Que fue lo que preguntaron las ondas de la orilla.
- A prender a la loca y a quitarle la hija que no es suya.
- No es suya, no.- Bramó el torrente - Mía también es y del bosque, que yo soy su padre y su padrino. Así que marchaos ¡Estúpidos! Si no queréis ver mi furia paterna.
- Pasaremos quieras o no.- Concluyeron los revueltos.
En seguida, la multitud se metió al agua y comenzó a cruzar, pero las aguas encrespadas como relámpagos gigantes removieron y ahogaron a varios, en tanto que los que no se morían se volvían a la orilla exhaustos.
- Pasaremos- gritaron todos.
- No pasaréis- chilló la furia del monte.
- Nunca, nunca – Gruño el riachuelo.
Posteriormente, los reflexivos hombre trabajaron e hicieron un gran puente con el que pretendían cruzar. El río desolado y furioso, saltaba bajo aquel maligno ojo de paso, pero era incapaz de tirarlo.
- Pasamos – rieron con lógica los congregados.
- Aún no - dijo la loba y encrespó el lomo.
- Aún no – Vinieron los pájaros
- Aún no- se levantaron miles de ratones
- Es nuestra nena- Advirtieron todos los árboles.
- ¿A dónde vais hombres sin nombre del pueblo sin nombre? – amenazó la lobona.
- A por la niña que robo la loca- dijeron los racionales.
- ¡Abandonada! Para que el bosque la recoja- se afilaron las zarzas.
Los hombres comenzaron a disparar, a golpear con sus palos y hachas. Avanzaban con grandes dificultades y la aglomeración se volvía menor porque caían los humanos a puñados, pero pudo el sentido común contra ramas que golpean, contra ratones que muerden, insectos rabiosos, feroces zarzas, vientos desbocados, pájaros de todo tipo que pican y bombardean piedras. Vencieron a la loba, a los jabalíes, a los corzos y contra todos alzaron la victoria con soberbia. Llegaron hasta Duli y le arrancaron la niña de los brazos. La loca estaba rabiosa y aunque mordía y pateaba, no podía evitar que se la quitasen. La infantina de la floresta lloraba expósita.
- Pasamos- Vociferaron los cuerdos- Es nuestra y se la daremos a su madre verdadera.
Los locos con Odulia al frente frenaron su lucha desolados. Los otros; la gente sin nombre del pueblo sin nombre, tenían su tesoro entre los brazos y podían herirla. En tal silencio permanecían, que se volvía fría la respiración y grandes vaharadas ascendían, como el humo de un cigarro desagradable, mientras uno de los hombres puso la niña en brazos de la madre detestable y esta, que aunque era desalmada no era tonta, fingió una inmensa alegría.
Yo no sé como fue, pero el cielo se oscureció de repente, aunque era de día, y un silencio de ultratumba recorrió el aire. Una estrella fugaz de diez segundos cruzaba el cielo y un ángel fiero con una espada de fuego en la mano descendía a la superficie terrena. Luego, bajando levemente su otra mano, acariciaba la cara de la loca. La besó en la frente, la llevó contra su pecho algodonoso y murmuró una dulce canción al oído, que hablaba de una madre buena a la que llamaban loca. En aquel instante todos, cuerdos y no cuerdos, estaban sobrecogidos. El ángel libertador se volvió hacia la mala madre. Quitó de sus manos la niña. Cogió a la asesina de los pelos y la tiró al río, el cual, que aún sufría por no haber podido cerrar el paso a los malvados, al recibir en su seno fluyente a la traidora, la retorció hasta el fondo del fondo, hasta la eternidad de la condena y allí... allí mismo, la ahogó para siempre.

Zumba que te zum, como los hilos que tejen la gran manta de la vida, el alado emisario de Dios agitó su espada y cubrió el aire de amanecer, se arrimó a Odulia, le cantó la canción de una madre buena a la que llamaban loca y le susurró poniendo a la nenina en sus brazos “Bienaventuradas las mujeres que aún saben amar en este mundo de falsos, pues de ellas es la niña de sus sueños” “Bienaventurado este bosque, porque suyo será el Don de ser su padre” y “Malditos aquellos cuerdos hombres que no se conviertan a la locura del cariño, porque ellos se ahogarán en el río”.

Este es el final de una historia sencilla y nostálgica, de una época mágica e intemporal. Sucedió hace unos días, unos meses o cien años atrás, sólo la conocen los arboles que me la contaron y ahora vosotros. No durmáis vuestro corazón a estas palabras, no las toméis por decálogo de fe, ni por flor de esperanza. No tienen mas que una explicación: la del gran citarista que hace música para que nadie la entienda. ¡Sí, Sí! Este cuento es sólo una sinfonía de la naturaleza.

Manuel Ferrero

1 comentarios:

sofia dijo...

Es un buen cuento, que pena que nadie haga un comentario sobre este cuento, pues es para reflexionar y dar a conocer a todas las madres que votan a sus hijos y que no tienen sentimientos.

sofia de menjivar