viernes 12 de octubre de 2007

El mundo es un jardín.

Detrás de las palabras,
dentro de las preposiciones,
entre pronombres y adjetivos
repetiré para que se escuche...

"El mundo es un jardín
para que los niños jueguen".
Lo susurraré a los voluntariosos,
lo gritaré a los pasivos,
lo llevaré por todos los rincones
hecho canción, cuento o sonrisa.
Mil veces nos callarán,
otras diez mil nos pedirán
que dejemos de luchar
por un imposible,
pero, mano sobre mano,
no lucharemos. Es hora de construir
corazón con corazón al borde...
los latidos entonarán
su canción enamorada:
"El mundo es un jardín
para que jueguen los niños".



He mirado debajo de las hojas
que el otoño arroja
desde los castaños,
he dormido acurrucado a la brisa
que mece los sueños
y por fin lo sé... lo sé...
lo sé...
el mundo no se cambia,
pero el amor lo rejuvenece,
el mundo no se arregla
pero el amor lo salva,
el mundo es una noria
grande de cangilones dorados
que gira y gira hoy arriba,
y mañana abajo,
pero entre vuelta y vuelta
los amigos que sonríen
nos lo recuerdan:
"El mundo es el jardín
en el que los niños juegan".


Detrás de las palabras, dentro de las preposiciones, entre pronombres y adjetivos repetiré para que se escuche... Érase una vez una mujer buena, llamada Ani Mada, que soñaba todos los días.
Soñaba que el mundo era un paraíso, pero levantaban mares de hormigón; soñaba que sería más libre con el progreso y sin embargo se notaba encadenada por la tecnología. Creía que la riqueza tenía forma de abrazo, sabor de fuente fresca y brillo de sol, en cambio perseguía monedas y billetes, trabajando duro y aceptando ciertas dosis de injusticia cotidiana para pagar sus facturas.
Una tarde, al apagar la tele, llena de miserias y mentiras, lo descubrió mirando el cielo gris de su ciudad (cómo añoraba el azul del horizonte sin barreras): "El mundo es un jardín para que los niños jueguen".
No había que asustarse de nada. La vida era un cuento de hadas, una oportunidad de ser la princesa que llevaba dentro.
Salió a la calle y se puso a danzar, mientras se repetía en su corazón esta frase: "Lo susurraré a los voluntariosos, lo gritaré a los pasivos, lo llevaré por todos los rincones hecho canción, cuento o sonrisa."
Gritó ilusionada que era posible conservar el paraíso de la tierra en el que vivimos, respetar a los animales, bendecir los ríos, limpiar los mares, llevar alimentos a todas las bocas y serenidad sabia a las distintas razas. La tomaron por loca, la marginaron, le negaron importancia y acallaron su voz con bulos (era estúpido bailar en la calle, que estaba hecha para circular), pero no se rindió Ani, se decía: " Mil veces nos callarán, otras diez mil nos pedirán que dejemos de luchar por un imposible, pero, mano sobre mano, no lucharemos. Es hora de construir corazón con corazón al borde... los latidos entonarán su canción enamorada: El mundo es un jardín para que jueguen los niños".
Pronto descubrió que no estaba sola. Miles de mujeres y de hombres sembraban, construían con respeto, pintaban, cantaban, contaban o escribían, cocinaban, construían instrumentos, repartían alegría y filosofaban con amor.
Empezaban a redefinirse las sociedades de manera silenciosa. El miedo había sido desterrado de la vida de estos seres y con confianza, iniciaban una revolución silenciosa. Aquello le animó a seguir.
Tenía que comenzar a transformarse por dentro. Haría de su vida un ejemplo.
Cierto que una masa ingente mantenía el sistema, pero se dijo: "He mirado debajo de las hojas que el otoño arroja desde los castaños, he dormido acurrucada a la brisa que mece los sueños y por fin lo sé... lo sé... lo sé... El mundo no se cambia, pero el amor lo rejuvenece, el mundo no se arregla pero el amor lo salva".
Era necesario entregarse entera para que otros se animaran a regalarse.
Su esperanza era que cundiera como la yesca su pequeña lección de amor. Sabía de sus imperfecciones, pero también, que nadie vale más que nadie y ella encontraría su sitio.
Cubrió muchos de los edificios oficiales de corazones rojos y una frase repetida que rezaba así: "No se sirve al dinero, sino con amor".
Cada vez que se encontraba con alguien sonreía y soñaba que pararían juntos las guerras del mundo, que las religiones no levantarían muros, sino que construían escaleras al único Dios, que se podría usar un coche que no ensuciase, que las térmicas acabarían esparciendo vahos de eucalipto y que las centrales nucleares se sustituirían por paneles de sol y molinillos de viento.

Cómo se reía el rebaño. Le repetían: " No tienes, no hay bastante, nada es suficiente, todo está hecho para consumirse. Lo que regales nadie lo agradecerá y todos te acabarán engañando. Quien no compite no sobrevive".
Ella dejó de competir. Cooperaba. Ayudaba a todos y misteriosamente siempre encontraba ayuda. Dejó su viejo trabajo de cajera, en el que recibía voces y gritos del jefe. Allí todo se contaba y medía, menos la generosidad. Si podían darte uno, no te daban los tres que merecías.
Comenzó a tejer tapices y a venderlos.
- ¡Estás loca! con eso no serás capaz de pagarte un techo y de alimentar a tu hijo. Y ella miraba con ternura a todos pensando que el mundo es una noria grande de cangilones dorados que gira y gira, hoy ,arriba, y mañana, abajo, pero entre vuelta y vuelta los que sonríen nos lo recuerdan: "El mundo es el jardín en el que los niños juegan".
Con dedicación y ardor dulce, prosperó tanto, tanto, tanto, que los envidiosos, al ver su gran riqueza, dicen que tuvo suerte, pero Ani Mada, no congela el flujo del mundo y aunque es rica en dinero, gracias a sus tapices, deja que la moneda ruede y a menudo la regala.
Siempre paga en exceso a aquellos a los que contrata y nunca le ha faltado nada. Ella sabe que la prosperidad es un estado de ánimo, el frescor de las fuentes, la claridad del sol, la igualdad de los pueblos y el amor a la vida. Lo demás es parte de su equipaje para ser la princesa de su propio cuento de hadas.
Tanto me impresionó su ejemplo, que he perdido el miedo y me he puesto a soñar y soñado, me nació este canto:



Detrás de las palabras,
dentro de las preposiciones,
entre pronombres y adjetivos
repetiré para que se escuche...

"El mundo es un jardín
para que los niños jueguen".
Lo susurraré a los voluntariosos,
lo gritaré a los pasivos,
lo llevaré por todos los rincones
hecho canción, cuento o sonrisa.

Mil veces nos callarán,
otras diez mil nos pedirán
que dejemos de luchar
por un imposible,
pero, mano sobre mano,
no lucharemos. Es hora de construir
corazón con corazón al borde...
los latidos entonarán
su canción enamorada:

"El mundo es un jardín
para que jueguen los niños".

He mirado debajo de las hojas
que el otoño arroja
desde los castaños,
he dormido acurrucado a la brisa
que mece los sueños
y por fin lo sé... lo sé...
lo sé...
el mundo no se cambia,
pero el amor lo rejuvenece,
el mundo no se arregla
pero el amor lo salva.

El mundo es una noria
grande de cangilones dorados
que gira y gira hoy arriba,
y mañana abajo,
pero entre vuelta y vuelta
los amigos que sonríen
nos lo recuerdan:

"El mundo es el jardín
en el que los niños juegan".